El Dr. Augusto Casas, geofísico formado en la FCAG, participó de una campaña científica en Isla Decepción, en la Antártida, donde desarrolló tareas vinculadas al monitoreo volcánico en uno de los entornos más desafiantes del planeta. Integrando un equipo del Observatorio Argentino de Vigilancia Volcánica (OAVV), dependiente del Servicio Geológico Minero Argentino, Augusto trabajó en el mantenimiento y optimización de estaciones de monitoreo geofísico instaladas en la isla, una región de gran interés científico por su actividad volcánica y sus características geológicas particulares.
La campaña se desarrolló durante el mes de febrero en Isla Decepción, ubicada en el archipiélago de las Shetland del Sur. Allí, en una base donde conviven personal científico y militar, las tareas diarias requieren planificación, trabajo interdisciplinario y una constante adaptación a las condiciones meteorológicas extremas.
La participación de Augusto en esta campaña pone en valor el rol de la formación en geofísica y el aporte de la comunidad científica de la Facultad al desarrollo de investigaciones estratégicas en escenarios de relevancia internacional.
“Trabajar en la Antártida es una experiencia científica y humana única. Cada tarea requiere preparación, adaptación y un fuerte trabajo en equipo”, destacó Casas al compartir su experiencia.
Esta participación refleja el compromiso de la Facultad con la formación de profesionales capaces de contribuir al conocimiento científico en contextos complejos y de relevancia global.
¿Cómo es vivir y trabajar en uno de los entornos más extremos del planeta? A continuación, el Dr. Augusto Casas comparte su experiencia en primera persona.





Dato de color: si bien es conocido como “el continente blanco”, no toda la Antártida es blanca. Isla Decepción se encuentra en el norte de la Antártida, en las Islas Shetland del Sur. Al tratarse de una isla volcánica, la temperatura del suelo es elevada —incluso pueden observarse fumarolas en distintas zonas—. Esto hace que las nevadas de verano duren poco tiempo: en cuestión de horas, la nieve se derrite y el paisaje vuelve a mostrar el color oscuro de los sedimentos volcánicos.
—¿Cómo es la vida cotidiana en Isla Decepción?
La vida en Isla Decepción transcurre en una base donde convivimos militares y científicos. Todo está muy organizado para que la convivencia y el desarrollo de las actividades científicas y logísticas se realicen de la manera más eficiente posible.
Cada grupo tiene tareas bien definidas. En el caso de los científicos, trabajamos en proyectos de investigación aprobados dentro del Programa Antártico Argentino del Instituto Antártico Argentino. El personal militar, por su parte, se encarga de tareas de infraestructura, mantenimiento de la base, logística de víveres y apoyo operativo para nuestras actividades de campo.
La base también cuenta con un cocinero perteneciente a alguna de las fuerzas militares —Fuerza Aérea, Armada o Ejército—, quien prepara el almuerzo y la cena de lunes a sábado. Además, quienes tienen afinidad con la cocina suelen preparar algo rico para compartir en otros momentos del día.
Cada jornada también hay una o dos personas asignadas para colaborar con tareas cotidianas, como la limpieza de espacios comunes, baños o elementos utilizados durante la cocina.
—¿Cómo era una jornada típica de trabajo?
El día comenzaba temprano, con el desayuno preparado por los ayudantes de cocina. Después, cada uno se dirigía a sus tareas. Quienes no estábamos trabajando lejos de la base al mediodía nos reuníamos en el comedor para almorzar.
Al estar en estas latitudes —aproximadamente 62,5° sur— los días son muy largos durante el verano, así que generalmente el trabajo se dividía en dos etapas: una por la mañana y otra por la tarde.
—¿Qué tan importante era la meteorología en el trabajo diario?
La meteorología condiciona muchísimo el trabajo. Hay situaciones incómodas cuando el viento —que prácticamente nunca es nulo— aumenta su intensidad o aparece el “garrotillo”, una precipitación que se congela antes de llegar al suelo.
De todos modos, en condiciones normales trabajábamos con temperaturas cercanas a los 0 °C y vientos moderados. En días de tormenta, cuando la sensación térmica podía descender hasta los -15 °C, directamente no se realizaban actividades fuera de la base.
—¿Cuándo llegaste y cuánto tiempo permaneciste en la Antártida?
Partimos desde Buenos Aires, desde la Brigada Aérea de El Palomar, el 2 de febrero. Ese día viajamos en un avión Hércules hasta Río Gallegos, donde pasamos la noche antes de continuar viaje.
Al día siguiente volamos hacia la Base chilena Frei. Llegar a bases de otros países es algo habitual en la logística antártica, donde existe una gran cooperación internacional.
Allí nos recibieron y, unas horas más tarde, embarcamos en un aviso naval rumbo a Isla Decepción, en las Islas Shetland del Sur. Pasamos la noche a bordo y el 5 de febrero, por la mañana, nos trasladaron en embarcaciones Zodiac hasta la isla. Cerca de las 11 ya estábamos instalándonos en la base.
Permanecimos allí hasta el 26 de febrero. Luego comenzó el regreso, que incluyó el paso por la Base Carlini, el embarque en el rompehielos ARA Almirante Irízar y el cruce del Pasaje de Drake hasta Ushuaia. Finalmente, regresamos a Buenos Aires el 9 de marzo.
—¿Con quiénes trabajaste durante la campaña?
Mi proyecto estuvo vinculado al monitoreo volcánico de Isla Decepción, una tarea coordinada por el Servicio Geológico Minero Argentino, a través del Observatorio Argentino de Vigilancia Volcánica (OAVV).
En principio fuimos dos personas asignadas específicamente al proyecto. Sin embargo, rara vez trabajamos solos. En muchas oportunidades contamos con el apoyo del personal militar y también de otros científicos que, al terminar sus propias tareas, se sumaban para colaborar.

La geofísica en el continente blanco
—¿Cuál fue tu tarea específica en la campaña?
Nuestro trabajo consistió en realizar el mantenimiento de las estaciones de monitoreo volcánico instaladas en la isla.
Eso incluyó reemplazar componentes dañados o en mal estado —como paneles solares, reguladores de carga y cables—, recuperar baterías, revisar conexiones eléctricas y verificar el correcto funcionamiento de equipos como sismómetros y sistemas GNSS.
También incorporamos mejoras tecnológicas, como antenas de mayor alcance para optimizar la transmisión de datos.
Algo muy importante en la Antártida es el cuidado ambiental: nada de lo que se reemplaza puede quedar en el terreno. Todo material retirado debe volver a la base y posteriormente ser trasladado fuera del continente.
Para realizar estas tareas recibimos apoyo logístico del personal militar, especialmente mediante embarcaciones para transportar herramientas y equipamiento.
Dependiendo del punto de trabajo, el traslado en bote podía demorar entre 15 y 25 minutos, y luego teníamos caminatas de entre 15 y 30 minutos hasta llegar a las estaciones.
Además, por protocolo, trabajábamos siempre con radios para mantener comunicación con la base, informar el inicio de las tareas y coordinar el regreso ante cualquier eventualidad meteorológica.








