Los Nuevos Planetas


Casi semanalmente, los diarios nos informan que los astrónomos decubrieron un nuevo planeta por allí, otro por allá. Si intentamos saber algo más, nos damos cuenta de que quienes escriben no tienen ni la más mínima idea de lo que pretenden informar. Esperamos inútilmente más noticias, y una o dos semanas después reaparece el titular ``Astrónomos descubren nuevo planeta'' refiriéndose a otro hecho, y el ciclo se repite. Pero esta historia ya sucedió en el pasado ...

i.-Los viejos nuevos planetas

Históricamente, los planetas eran siete: Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter y Saturno, y a cada uno de ellos pertenecía un piso del cielo. Las almas de mayor poder adquisitivo vivían en el séptimo, de ahí la expresión ``estar en el séptimo cielo''.

Pero a partir de Copérnico, se empezó a reconocer que sólo la Luna giraba alrededor de la Tierra y que ésta, junto con los demás planetas, giraba en torno al Sol. Se comenzó a llamar planeta a los objetos celestes que se movían en torno al Sol, con lo que quedaron descalificados el Sol y la Luna, y se incorporó la Tierra. El número de planetas quedó disminuido entonces a seis. Cabe mencionar que los astrólogos todavía toman al Sol y a la Luna por planetas y siguen desconsiderando a la Tierra.

Con el surgimiento de la ciencia moderna se empezaron a medir las distancias y los tamaños de los planetas: ya al mismo Johannes Kepler le había llamado la atención el enorme espacio vacío que hay entre las órbitas de Marte y Júpiter. En el siglo XVII, Johann Titius descubrió que las distancias al Sol de los planetas conocidos por aquellos tiempos correspondían aproximadamente con la serie numérica 4+3·2n. Johann Bode mencionó este descubrimiento en su libro llamándole regla de Bode. Según esta serie, faltaba llenar un casillero entre Marte y Júpiter.

William Herschel era un profesor de música aficionado a la astronomía que emprendió la ardua tarea de hacer un mapa del cielo durante su tiempo libre. En 1781 descubrió un nuevo planeta, al que propuso nombrarlo George en honor al rey de Inglaterra Jorge III. Entonces, Su Majestad nombró a Herschel astrónomo real, lo que le permitió dedicarse a la astronomía en forma profesional. El planeta, en cambio, fue nombrado Urano.

El nuevo planeta concordaba con la regla de Bode, con lo cual se renovó la especulación sobre un planeta faltante entre Marte y Júpiter. Franz von Zachs, organizó un grupo de astrómonos para buscarlo. Irónicamente, el planeta no fue descubierto por el equipo de von Zach sino por Giuseppe Piazzi, un italiano que estaba confeccionando un catálogo estelar.

Los planetas eran entonces: Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Ceres, Júpiter, Saturno y Urano. Pero en los años subsiguientes se descubrieron otros planetas entre Marte y Júpiter. Todos ellos, vistos en el telescopio parecían estrellas (se veían como simples puntos brillantes); se los llamó, en consecuencia, asteroides y el número de planetas volvió a ser siete. Aunque la errónea idea de un antiguo planeta ``que explotó'' o que no llegó a formarse está bastante extendida, lo cierto es que todos los asteroides juntos (hay varios miles) no alcanzan para hacer ni la mitad de la milésima parte de una Tierra. Y además, los planetas no explotan. La región entre Marte y Júpiter es, desde el punto de vista dinámico, ``el ombligo del sistema solar''; ahí es donde se junta toda la pelusa.


Urano empezó a desviarse de la órbita predicha, y los astrónomos atribuyeron este comportamiento a la gravedad de otro nuevo planeta todavía no descubierto, aún más alejado del Sol. Urbain Leverrier y John Adams calcularon la órbita de este nuevo objeto, el cual fue descubierto en 1846 y bautizado con el nombre de Neptuno.

Leverrier también propuso que una peculiar perturbación del movimiento de Mercurio era causada por otro planeta aún no descubierto que orbitaba más cerca del Sol qué él, al que se lo llamaría Vulcano. Durante los siguientes años, decenas de entusiastas aseguraron haberlo visto, pero cuando Albert Einstein elaboró su teoría General de la Relatividad el problema quedó solucionado: a Mercurio no le pasaba nada, simplemente sucedía que a tan corta distancia del Sol, la física clásica de Newton comenzaba a derrapar levemente.

A pesar de este fiasco, todavía quedaba un nuevo viejo planeta por descubrir. Urano se siguió alejando del buen camino más de lo que se le podía atribuir a la presencia de Neptuno, por lo que Percival Lowell y William Pickering supusieron que había un segundo planeta involucrado y calcularon su órbita. El asunto no anduvo tan bien como con Neptuno: la búsqueda no dio resultados. Se hicieron nuevos cálculos y al final, en 1930, Clyde Tombaugh decubrió a Plutón, el noveno planeta. Pero Plutón era muy débil como para poder perturbar a un peso pesado como Urano. Lowell quedó convencido de que Plutón no era el planeta X que buscaba, y que éste estaba todavía por descubrirse. Tombaugh siguió buscando, pero no encontró nada más.

ii.-Los nuevos nuevos planetas

En 1978 James Christy descubrió que Plutón tenía un satélite: Caronte. Se hizo posible entonces medir en forma precisa la masa y el tamaño de Plutón: resultó que tenía un diámero de menos de 2400 km, y una masa de sólo unas dos milésimas partes de la terrestre: se necesitan más de 450 plutones para hacer una Tierra. Así y todo, Plutón es más grande que Ceres (de 950 km), pero demasiado poca cosa como para ostentar el título de planeta. ¿Y las perturbaciones de la órbita de Urano? Con el viaje de exploración de la nave Voyager II se descubrió que se debían enteramente a Neptuno, cuya masa todavía no se había logrado estimar con suficiente exactitud en el siglo XIX.


Los cometas son masacotes del tamaño de montañas hechos de gases congelados, polvo y piedritas. Cuando se acercan al Sol, el calor sublima los hielos y se despliegan las espectaculares colas. Por ello los cometas periódicos, como el Halley, se gastan con el tiempo y van perdiendo sus gases. Puesto que el sistema solar existe desde hace unos 5000 millones de años y aún vemos cometas, debe haber algún lugar desde donde nos llegan cometas de repuesto. Por sus órbitas, sabemos que no vienen de afuera del sistema solar, por lo que en 1932 Ernst Öpik postuló que existía una nube esférica de núcleos cometarios, orbitando mucho más allá de Plutón. Esta idea fue revivida más tarde por Jan Oort, por lo que a dicha nube se la llama la nube de Oort. Sin embargo, en 1980 Julio Fernández calculó que para explicar la cantidad de cometas de período corto, era necesario un anillo de núcleos cometarios más allá de Plutón, pero más cerca que la nube de Oort. A este anillo se lo llama cinturón de Kuiper, porque el nombre de Gerard Kuiper y la expresión ``cinturón de cometas'' aparecían en la primera frase del artículo de Fernández.

Así como teníamos una regla de Bode que no era de Bode, ahora tenemos una nube de Oort que no es de Oort y un cinturón de Kuiper que no es de Kuiper. ¿Y dónde están los nuevos planetas?

En 1987, David Jewitt y Jane Luu emprendieron una búsqueda sistemática de miembros del cinturón de Kuiper. A los cinco años, descubrieron su 1er. objeto, (15760) 1992 QB1. Desde entonces, se han descubierto más de mil más. Los más grandes tienen tamaños comparables a Plutón.

Neptuno tiene un satélite, Tritón, que gira alrededor de él al revés que el planeta: esto pone en evidencia que no se formó de la misma nube de material que él, sino que era un objeto independiente capturado en algún momento del remoto pasado. Tritón es similar en tamaño y masa a Plutón, lo diferencia el hecho de que orbita en torno a Neptuno.

A pesar de la descomunal cantidad de sandeces que se publicaron respecto de la descalificación de Plutón como planeta, hay que aclarar que desde 1978, cuando fue descubierto su satélite Caronte, se sabía que Plutón era un planeta menor, como Ceres. No era ningún tipo de objeto raro o misterioso que desconcertaba a los astrónomos, sino que no estaba definido claramente con cuánto alcanzaba para ser planeta: Ceres, con 950 km de diámetro, no era planeta, ¿le bastaba a Plutón con 2400? Se trata de una mera definición.

En 2005 fue descubierto Eris, un cuerpo algo más grande que Plutón. Aquí es cuando la Unión Astronómica Internacional decide adoptar una definición formal de planeta:

Tanto Ceres como Plutón comparten su región orbital con miles de otros cuerpos, por lo que no son planetas. Se los clasificó (junto con Eris) como planetas enanos.

iii.-Planetas y más planetas

Una buena parte de los descubrimientos anunciados asiduamente por los medios corresponden a planetas extrasolares, es decir, planetas que no pertenecen al sistema solar sino que orbitan alrededor de otras estrellas. Estos planetas no aparecen en imágenes astronómicas porque las estrellas están muy lejos. Cuando nos muestran una ``foto'' de uno de estos planetas, se trata en realidad de un dibujo. Pero existen métodos indirectos que permiten inferir su presencia, a partir del análisis de la luz o del movimiento de la estrella.

Los primeros descubrimientos de planetas extrasolares datan del siglo XIX, pero las medidas más precisas de la actualidad han confirmado que sólo se trataba de falsas alarmas. Gracias al perfeccionamiento de los instrumentos, a partir de 1992 comenzaron a sucederse los hallazgos. Ya hay varios cientos de exoplanetas, como también se los llama, confirmados. La mayor parte de éstos son gigantes gaseosos como Júpiter, pero que orbitan muy cerca de sus estrellas. Esta supremacía se debe a que son mucho más fáciles de descubrir que los planetas más pequeños o con órbitas más grandes.

A esta altura, uno se preguntará si a los astrónomos no se les ocurre otra cosa mejor que hacer con su tiempo que buscar nuevos planetas. Lo cierto es que hay astrónomos investigando en los temas más variados, pero en los medios salen sólo este tipo de descubrimientos, porque no es necesario añadirles ninguna explicación. Pero es verdad que ``está de moda'' buscar nuevos planetas. Estas cosas suceden también en la astronomía: durante el siglo XVIII, existió una moda similar de búsqueda de cometas. Por supuesto, los descubrimientos importantes de aquella época los hicieron quienes trabajaban en otros temas, pero aún hoy en día, algunas galaxias (compuestas por miles de millones de soles, cada uno de los cuales puede tener quién sabe cuántos cometas) se identifican con nombres como Messier 31, Messier 87, etc., por un catálogo de objetos de apariencia difusa que hizo un tal Charles Messier por aquellos tiempos. Este monsieur se dedicaba a la caza de cometas y confeccionó su catálogo de objetos ``nebulosos''que (con los instrumentos de su época) podían ser confundidos con cometas, pero que no lo eran. Es decir, para Messier los objetos de su catálogo eran aquellos a los que no había que prestarles atención. Hoy, a nadie le importan los cometas que haya descubierto Messier, pero muchos estudian los objetos de su catálogo de ``desperdicios''.


© Pablo G. Ostrov





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